Fiesta del Ave de Raza
Rauch, Buenos Aires

Esta no es una fiesta de la producción avícola: es una fiesta de la exposición y el pedigrí. En Rauch lo que se juzga son aves anilladas, evaluadas por especialistas contra un estándar morfológico que mira la cresta, la cabeza, el cuello, las alas y las patas, y el pueblo tiene incluso una raza propia, la Plymouth Rock Blanco, que da nombre a uno de sus clubes avícolas y con la que se hicieron las primeras muestras. Hay además un rasgo que no se repite en otras fiestas del rubro: al cerrar la exposición, los ejemplares presentados tienen que salir a remate. No es una costumbre: es una obligación, y es el punto de venta del año para los criadores.
El foco es la cría de aves de raza por selección genética como oficio familiar y como seña de identidad local. Rauch se presenta a sí misma como capital nacional del ave de raza, llegó a tener medio centenar de criadores que mandaban animales a Palermo y volvían con premios, y la actividad se transmite de padres a hijos dentro de las mismas casas.
La celebración dura una semana, con el núcleo entre el viernes y el domingo, y se despliega en dos planos simultáneos. El avícola ocupa los pabellones de la Sociedad Rural, con más de quinientas jaulas que reúnen gallinas, gallos, bantams, patos, pavos y faisanes; incluye el ingreso de los animales, la jura de clasificación y el remate de cierre. El popular desborda el predio y se reparte por la ciudad: la noche joven del viernes, el show central del sábado, la noche de coronación del domingo, el desfile cívico, la muestra de industria y comercio, el patio gastronómico, los artesanos y la elección de embajadoras, con una candidata por institución. La fiesta no está en manos de una sola entidad sino de cuatro —el club avícola local, la Sociedad Rural, la asociación civil de la fiesta y el club de la raza Plymouth Rock Blanco—, a las que se sumó la cámara comercial.
La primera fiesta se hizo en 1975, y la celebración tuvo baches antes de volverse anual. En el mismo predio conviven cuatro numeraciones distintas: la de la fiesta, la de la exposición nacional de avicultura, la de la muestra de gallinas bantam y la de la exposición de la Sociedad Rural, que es la más antigua de las cuatro y se remonta a fines de los años treinta.
El capítulo más duro de su historia tiene causa sanitaria. En febrero de 2023 la gripe aviar altamente patógena llegó al país y el organismo sanitario nacional prohibió las concentraciones de aves: dos fiestas consecutivas se hicieron sin aves, sólo con canarios, palomas y conejos. Cuando se autorizó el regreso bajo protocolo estricto, apenas tres exposiciones quedaron habilitadas en todo el país, y Rauch fue la primera de las tres. Eso explica por qué cada regreso de las jaulas se celebra como se celebra.
Lo que sostiene todo esto es un saber artesanal con nombres propios. Los criadores de la zona cuentan historias que empiezan por casualidad —comprar un par de gallinas para comerlas y que alguien sugiera exponerlas—, siguen con el pedido de los primeros anillos y terminan en jurados internacionales y en casas donde más de la mitad del espacio son jaulas y pasillos. El estándar oficial con el que se juzga data de 1928 y se discute su actualización porque las aves cambiaron de tamaño. Para Rauch, la semana de septiembre es el momento en que ese oficio silencioso se vuelve visible, llegan ejemplares de localidades vecinas y de provincias como Córdoba, Entre Ríos y Río Negro, y el remate final pone precio a un año entero de trabajo.
