Fiesta del Durazno
Mercedes, Buenos Aires

Esta fiesta volvió de la muerte. Su historia tiene dos etapas separadas por un hiato de once años: una primera que corrió hasta fines de los setenta, y una segunda que arrancó en 1991 por iniciativa de una sola persona, el secretario privado del intendente de entonces. Pocas celebraciones argentinas tienen un acta de resurrección tan explícita.
El segundo rasgo propio es que la fiesta no sólo exhibe la producción: la repone. Trabaja articulada con un grupo de productores que reparte plantas y expande los montes frutales del partido —en una sola entrega llegó a repartir más de tres mil plantas, equivalentes a varias hectáreas nuevas—, y sostiene jornadas técnicas sobre producción, variedades y sanidad vegetal junto al INTA y a la chacra experimental de la zona. El vínculo con esa chacra es viejo: se fundó a fines de los años cuarenta sobre tierras expropiadas de una estancia, y entre 1966 y 1969 se seleccionó ahí un cultivar de durazno de pulpa blanca.
Y el tercero es que la gratuidad está escrita en la norma: los decretos municipales que la declaran de interés le dedican un artículo propio a establecer que la entrada es libre, y en el mismo acto tarifan los stands de artesanos, los puestos de comida y los food trucks.
Lo que celebra es la fruticultura de carozo del partido, concentrada en la zona de Gowland, y el homenaje tiene destinatario preciso: los productores duraznilleros locales. Mercedes tiene además la particularidad de sostener tres fiestas de alimento en el mismo calendario, con el salame quintero y la torta frita.
El programa tiene como núcleo original la exposición de duraznos y derivados de los productores locales, y alrededor un concurso de producción —juzgado por atributos como la uniformidad y el sabor, con premios al mejor productor y al mejor dulce—, jornadas técnicas, paseo de artesanos, mercado sustentable, patios gastronómico y cervecero, espacios infantiles y espectáculos en escenario. Un detalle de color: una heladería histórica de la ciudad presenta un sabor con nombre propio dedicado al durazno mercedino.
Su origen tiene un detalle inusual. En 1966 el entonces intendente quiso homenajear a los productores de durazno y, junto a un médico de la ciudad, convocó a un grupo de fruticultores; al año siguiente se constituyó la asociación de fruticultores y se hizo la primera fiesta, en enero de 1967, en una bodega del casco urbano, con exposición de la producción, concurso a la mejor y elección de una reina. Desde entonces cambió de sede cuatro veces y de mes tres: fue de enero a diciembre, de diciembre a febrero —para coincidir con el pico de cosecha— y de vuelta a diciembre, donde está hoy.
Es el máximo evento del verano en la región y ocupa un fin de semana largo de diciembre en el calendario bonaerense.
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