Fiesta del Ternero
Ayacucho, Buenos Aires

Pocas fiestas del país empiezan con un acto administrativo y terminan con una faena de campo. Ayacucho entra en Estado de Yerra por declaración formal, en un acto público en la explanada de la municipalidad que abre la semana, y ocho días después cierra con la yerra de verdad: un rodeo de vacas de cría marcado a hierro al rojo vivo, al amanecer, en la chacra municipal, con lazo y boleadoras, asado para todos y bailes tradicionales. No es una representación ni una demostración montada para el público: es el trabajo real convertido en rito colectivo. Y es también lo que explica la existencia de la fiesta, porque la yerra era un convite de estancia, puertas adentro, y la celebración la abrió al pueblo.
Lo que celebra es el ternero de destete, la producción central del partido —durante décadas reconocido como el mayor aportante de terneros de su región— y la sociabilidad rural que la yerra organizaba: el patrón enlazaba, derribaba y marcaba, y después convidaba con música, comida, baile y jineteada. La fiesta es esa secuencia, estirada a una semana y repartida por la ciudad.
Su programa no tiene un predio sino un circuito de siete u ocho lugares. El escenario mayor es el estadio municipal, conocido como el Patio de Tierra, donde se proclama y se corona a la reina y cierran los números grandes. La chacra municipal es el escenario del campo: dos jornadas con pruebas de rienda para caballos mansos y para redomones, y ruedas de jineteada en cuero tendido, en crines, en grupa y en bastos y encimera, con capataz de campo, apadrinadores nombrados, animadores y payadores. El predio ferial de la sociedad rural recibe la exposición y el remate de terneros, con jura de lotes a la mañana y venta a martillo corrido a la tarde, que sigue siendo el corazón económico del asunto. En la casa de la cultura corre un certamen nacional de canto folklórico. En un galpón de espectáculos —que lleva el nombre del comisionado municipal que gestionó la fiesta en sus comienzos— van las noches de aspirantes a reina, las peñas y la feria nacional de artesanías. Y alrededor hay fogones con asado, patio cervecero, paseo gastronómico y una expo local.
Su origen y su rango están al revés de lo habitual. Un decreto del Poder Ejecutivo nacional de mayo de 1968 instituyó la Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra, con fundamentos que invocaban la importancia de la especie bovina, el peso de Ayacucho en la producción de terneros y la yerra como práctica criolla arraigada. La primera edición se hizo recién al año siguiente, los primeros días de mayo de 1969: la impulsaron los asistentes a una yerra en una estancia de la zona, un par de años anterior, que firmaron un petitorio al comisionado municipal, y la sociedad rural local cedió su sede. Es decir que esta fiesta nació nacional, por norma, antes de existir, sin pasar por la escalera habitual de lo municipal a lo provincial.
La fecha se movió dos veces: nació en mayo, pasó a abril y hoy se hace en marzo. El corrimiento tiene lógica productiva y turística a la vez: la yerra real es una faena de otoño, pero la fiesta se fue al final del verano, donde hay vacaciones y visitantes. Lo que sí quedó atrás es un rito de los primeros años que ya no se hace: la quema de un monumento pirotécnico al ternero, que cerraba la celebración.
La fiesta tuvo además un efecto menos obvio que su programa: sirvió para reinsertar al sector propietario rural en la vida de la comunidad, después de que su peso político declinara a mediados del siglo pasado. El propio relato de origen lo deja ver, cuando cuenta que los asistentes a aquella yerra quisieron abrir las tranqueras.
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