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Fiestas Argentinas
Festival

Festival del Sulky

Simoca, Tucumán

Festival del Sulky, Simoca (Tucumán)

El Festival del Sulky homenajea a un vehículo que está desapareciendo mientras la fiesta se hace. En Simoca sobreviven poco más de veinte sulkys, y el desfile de sulkys sigue abriendo el festival y recorriendo las calles de la ciudad. No celebra un cultivo ni un santo: celebra el carro liviano de dos ruedas, tirado por un caballo, con el que los productores de la zona llevaban granja y hortalizas a la feria y volvían con las compras de la semana.

El sulky no es un objeto decorativo en Simoca: es el instrumento de su razón de ser. La feria de los sábados se extiende a lo largo de seis cuadras, convoca productores, artesanos, agricultores y cocineras desde hace más de tres siglos, y en sus puestos todavía se vende miel de caña, rosquetes, empanaditas, especias y cigarrillos envueltos en chalas de maíz, y todavía se practica el trueque. La ciudad está proclamada capital nacional del sulky, y de ahí mismo partió, en 2010, una travesía que llevó un sulky mil cuatrocientos kilómetros hasta Buenos Aires.

La estructura son dos noches en el Club Unión de Simoca, con apertura a la caída de la tarde. Antes de los shows sale el desfile de sulkys por una calle de la ciudad, encabezado por las autoridades municipales, y en el escenario se alternan agrupaciones gauchas, academias de danzas folclóricas, artistas tucumanos y cabezas de cartel nacionales de folclore y cuarteto, con humoristas intercalados. Alrededor funcionan los puestos de comidas regionales y la feria artesanal.

La primera edición es de 1972, creada para rendir homenaje al sulky. El formato no es fijo: de una edición a la siguiente pasó de tres noches con entrada paga a dos noches de acceso libre y gratuito, y el mes alterna entre octubre y noviembre según el año.

El festival es, junto con la feria, el principal activo turístico de una localidad del sudeste provincial, a unos cincuenta kilómetros de San Miguel de Tucumán, cuyo nombre vendría del quechua y significaría lugar de paz y silencio. Se plantea como un homenaje al espíritu rural y al trabajo de su gente, alrededor de un transporte originario del lugar que todavía se usa. Esa es, en el fondo, la apuesta de la fiesta: sostener en el escenario lo que se está yendo de las calles.

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